En su quinta edición, el festival reafirma su vocación de tender puentes entre territorios, sensibilidades y contextos diversos, promoviendo un cine que no sólo observa la realidad, sino que la interroga y la acompaña. Desde una localidad rural de La Pampa, PampaDocFest continúa consolidando un espacio de exhibición, formación y reflexión que dialoga con los desafíos del presente y pone en valor el rol del cine documental como herramienta de memoria, pensamiento crítico y construcción de comunidad.
Las obras premiadas por los distintos jurados destacan por su profundidad conceptual, la solidez de sus propuestas formales y su capacidad de abrir preguntas necesarias sobre el mundo que habitamos.
El Jurado integrado por Ana Fresco, Juani De Pian y Julieta Seco, escribió:
A través de un riguroso trabajo en blanco y negro, la película narra la relación de un hombre con la naturaleza y con el tiempo que implica sostener la vida cotidiana en un entorno exigente. Con pocos elementos —una bicicleta, algunas herramientas, el cuerpo puesto en el trabajo manual— el film construye un retrato austero y profundamente conmovedor.
Más adelante descubrimos la dimensión familiar del protagonista, ampliando el universo emocional de la historia.
Al oeste, en Zapata se destaca por su destreza narrativa, su fotografía y su tratamiento sonoro, que construyen una experiencia inmersiva marcada por la contemplación del tiempo: el tiempo del trabajo, el tiempo del desplazamiento, el tiempo de la espera.
Con una sensibilidad estética y ética notable, la película acerca al espectador a la vida de una familia que habita un mundo distante de los centros urbanos, revelando la potencia expresiva del cine cuando trabaja con precisión, respeto y profundidad.
El Jurado integrado por Marcel Czombos, Leo Perrota y Diego Carriqueo, dijo:
El cortometraje se presenta como un ensayo documental que reflexiona sobre la responsabilidad ética del cineasta frente al dolor ajeno. A partir de imágenes filmadas en Gaza hace más de una década, material que el propio director había decidido no utilizar en su momento, la película se construye como una revisión crítica del acto de filmar y mostrar el sufrimiento de otros.
La obra pone en tensión el lugar del cineasta y la carga moral de la cámara, dialogando con una tradición del documental reflexivo que cuestiona la mirada y el rol del autor. La discusión remite a una preocupación histórica del cine: la dimensión ética de las decisiones formales. Como señalaba Jean-Luc Godard, los movimientos de cámara también son una cuestión moral.
Desde el punto de vista formal, el film asume las rugosidades propias del registro documental, dejando visibles las huellas del dispositivo de producción y la heterogeneidad del material de archivo. Lejos de debilitar la propuesta, estas marcas refuerzan su carácter ensayístico.
El montaje, cercano por momentos a lo experimental, se convierte en el principal dispositivo narrativo, organizando una reflexión que incomoda y abre interrogantes sobre el poder de las imágenes.
El jurado destaca esta obra por su capacidad de problematizar el lenguaje audiovisual y por asumir la responsabilidad ética que implica producir imágenes del mundo.
El Jurado integrado por Hernán Andrade, Paola Díaz, Claudia Ferrero, sostuvo:
El jurado destaca la profunda reflexión que propone la obra en torno al cuidado del territorio, la protección de la ancestralidad y la salvaguardia de los recursos naturales. La película plantea una crítica sutil pero contundente al modo en que el mal llamado “progreso” y el turismo desmedido impactan directamente en las comunidades y en sus saberes ancestrales.
Se trata de una problemática de enorme pertinencia en el contexto actual, que invita a repensar las formas de relación entre sociedad, territorio y cultura.
En términos técnicos y estéticos, la película presenta una dirección de fotografía excepcional, con una propuesta contemplativa y sumamente cuidada que no sólo captura el entorno, sino que se convierte en una herramienta narrativa para comprender la cosmogonía de la comunidad retratada. La cámara logra transmitir el contraste entre la vida rural y el avance de modelos urbanos que transforman los territorios, mientras el montaje aporta una dimensión simbólica que refuerza la idea de pérdida y transformación.
El diseño sonoro, envolvente y místico, transporta al espectador hacia una atmósfera orgánica que potencia la experiencia sensorial de la película.
El jurado destaca asimismo el notable uso de recursos híbridos. Si bien la obra se inscribe en el campo del documental, sus decisiones de puesta en escena permiten una convivencia fluida con elementos propios de la ficción, configurando una propuesta visual coherente, sólida y ejecutada con gran precisión.