«Elogio de la confianza», la crónica del Festival

Un texto sensible y lúcido, la crónica más completa de nuestro festival, en la pluma pampeana de Cynthia Alcaraz.

“No es velocidad, es confianza”, dice una voz en off,  al comienzo de la proyección de “Entre tu corazón y el mío”, uno de los tres proyectos seleccionados en el Torneo Estudiantil de cine para redes. Con esta oración cortita, la piba que busca describir su vínculo con los caballos, sin saberlo explica el pulso de la apuesta política de Migue Roth. El director del Pampa Doc Fest, un certamen de cine documental único en la provincia, busca gestionar el nacimiento de un know-how audiovisual con semillas propias. Sucede que hay festivales que crecen por acumulación y otros que lo hacen por intensidad.

Santa Teresa es una comunidad que debe hacer, al menos, 200 kilómetros para sentarse en una butaca de cine. Sin embargo, desde hace 5 años, se convirtió en público privilegiado de obras documentales que cuentan el mundo desde perspectivas que disienten con las narrativas dominantes que son tan entretenidas como conservadoras. En esta ruta, el PampaDocFest parece avanzar con mayor precisión, menos discurso y más práctica. 

El dato duro impacta: son alrededor de 500 obras documentales las que se postularon en esta quinta edición. De ese volumen resultaron premiadas Mukuna. Aprendiz de Chamán (Brasil), un cortometraje rural que relata un viaje espiritual y político, una manera de defender el territorio y una forma de aprendizaje que trasciende generaciones; Ressó de la mirada (España), una memoria herida del genocidio en Gaza, que recoge sus restos en los ojos del dolor; y Al oeste, en Zapata (Cuba), un relato en escala de grises sobre el pantano de la vida y la luz en lo oscuro. La cifra no busca impresionar, sino marcar un método. La curaduría es estricta, porque la apuesta no es al catálogo sino al encuentro.

La confianza como decisión, como capacidad de ejecutar ideas sin diluirlas en la burocracia de la mediocridad, es el principio rector de este llamado a la creatividad. Confianza como tejido en la comunidad, en la potencia de la imagen, de la ética de los y las trabajadoras de un cine basado en hechos reales y en la idea de que un festival no es sólo una pantalla sino un proceso artesanal. 

El festival poco a poco deja de ser un evento para convertirse en una casa común, capaz de sentir y producir cultura desde lo hondo de su propia huella.

El hacer colectivo como campo de disputa

“¿Para qué sirven los festivales?” fue la pregunta disparadora de uno de los talleres. Sin dudas, y como dijeron Diego Carriqueo -Director del Festival de Cine de Bariloche- y Hernán Andrade -docente de la carrera de Diseño Artìstico Audiovisual en la UNRN y director del documental “Ecos del Fuego”-, los festivales producen soberanía audiovisual, guiones identitarios, estrategias de supervivencia decolonial y resistencia a las lógicas que imponen las plataformas. ¿Para qué sirven los festivales? Para presentar películas como “Nieta 139” y que su protagonista, Ramón Inama, le cuente a todo el auditorio cómo fue que recién en 2025 encontró a su hermana Paula, apropiada por los milicos en 1977. 

El trabajo con el Centro de Jubilados fue uno de los gestos más visibles. Allí, el cine dejó de ser consumo y se volvió conversación, archivo oral que circuló y se reescribió en una producción resuelta en tiempo record. Un grupito de jubilados y jubiladas produjo en 48 horas el corto Latidocs. Guiados y editados por Ornella Herrero y Natalia Dominici, mostraron la memoria viva de la danza tradicional, de los bailes de pueblo y generaron un material imborrable con una protagonista nonagenaria, que mientras toca el piano, canta en un perfecto alemán del volga. En esta Argentina que se acostumbra a narrar el envejecimiento desde la violencia ejercida sobre un viejo mal alimentado, la decisión de incluir a las personas mayores en la práctica cinematográfica como hacedoras de acervo cultural significa un modo de disputar el orden que instituye la crueldad como discurso y como práctica política. 

En la escuela primaria, la experiencia se volvió aún más fascinante: niñas y niños trabajaron el doblaje documental, no como juego accesorio, sino como experiencia de lenguaje. Escuchar, interpretar y poner voz a un documental sobre fauna argentina es un ejercicio de traducción del mundo, que en ningún caso implicó perder la frescura y el humor genuino de las niñeces. Las adolescencias y el cine vertical pensado para redes fue otra propuesta que interpeló y comprometió a la pibada y a sus familias. 

Imaginemos a todo un pueblo trabajando durante tres días para que crezcan nuevos horizontes estéticos. Imaginemos a un pueblo confiando. 

El ojo ético

La ecuación del festival parece invertida respecto de los consensos hegemónicos. Mientras muchos eventos culturales crecen en programación y decrecen en impacto territorial, aquí sucede lo contrario. El cine no es una sucesión de funciones sino un punto de partida.

La presencia y participación del fotoperiodista chileno Cristóbal Basaure ofreció otra manera para comprender a Occidente en guerra. Quienes asistieron a su workshop “La imagen documental. El testimonio en tiempos hostiles”, en especial un grupo de adolescentes conmovidos, llegaron a preguntar si se trataba de imágenes hechas con IA. Sin dudas, el neoliberalismo digital transgrede la percepción de la violencia que él mismo genera. 

Si algo terminó de consolidar esta edición, fue el entramado de alianzas estratégicas que sostienen el crecimiento del festival sin perder escala humana. El vínculo con TV BRICS, el canal internacional de los países que integran el bloque político de economías emergentes fundado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, abrió una dimensión de circulación inédita. El trabajo que nace en una localidad sureña de La Pampa puede proyectarse hacia redes internacionales de exhibición, intercambio y programación. En este caso, la garantía de que aquello que sucedió durante las tres jornadas se tradujera a los principales idiomas del planeta.

Esto, que nada tiene que ver con presumir cosmética, se suma al trabajo sostenido con universidades públicas y privadas de la región, que aportan investigación, formación y circulación de saberes. Estas articulaciones permitieron que el festival funcione también como un espacio pedagógico. En ese cruce, el PDF gana profundidad y las instituciones territorio. La relación no es instrumental, es de crecimiento orgánico.

¿A qué velocidad viajan los vínculos?

El mérito del PampaDocFest no está en la retórica del éxito. Está en la convicción de llevar adelante un modelo de gestión cultural que entiende al cine como práctica social. Un festival que no se mide en alfombras rojas ni en premieres, sino que apela al respeto, al tiempo y al virtuosismo de la voluntad. Silvana “la Colo” Staudinger analizó la experiencia festivalera como una práxis compleja de la democracia popular, en que la cultura como corredor creativo habilita vínculos políticos más grandes que las urnas. 

Esta apuesta por la comunidad aparece como una hipótesis de futuro, donde la confianza galopa a otra velocidad.

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(*) Este texto se publicó originalmente en Kermés; medio hermano que cubrió nuestro Festival en alianza estratégica.